Canadá, de Richard Ford


 

Hay libros que empiezan enseguida, no hace falta darles un tiempo ni esperar a completar algunas páginas, las primeras líneas son suficientes para encontrarnos el corazón. Acabo de leer uno de esos libros y aun estoy recuperándome de la lectura y de las emociones. Se titula Canadá y lo escribió Richard Ford. Lo compré a instancias de Elvira Lindo, que lo recomendaba en El País. Si no hubiera sido por eso, y porque iTunes te permite leer las primeras páginas gratis, quizá nunca lo hubiera comprado, porque nada más leer la sinopsis hubiera huido de una historia así. No tengo el cuerpo para dramas gratuitos, y Canadá lo parece. Es un drama de manual: unos hermanos mellizos se quedan solos con 15 años después de que sus padres atracaran un banco y fueran encarcelados. La Norteamérica de los años 60 completa el cóctel. Uno puede imaginar que no era como ahora, donde unos chavales así lo tendrían más fácil. Por eso, leyendo eso en la contraportada, hubiera dejado el libro en el estante o pasado de él en el iPad. Pero le di la oportunidad que merece una recomendación y que brinda el sistema cibernético de pre lectura de iTunes. Acabé las primeras diez páginas enseguida, completé la compra del ejemplar y seguí leyendo sobrecogido hasta el final. Quería llegar al final desde el principio más que nunca lo he querido leyendo un libro. Estaba espantado con la idea a de que dos chavales poco mayores que mi hija pequeña se quedaran solos en un mundo como el nuestro. Hermano y hermana, pasto de abusadores y pederastas, víctimas de desconocidos, con sus padres en la cárcel sin poder ocuparse de ellos, sufriendo por sus vidas. Quería encontrar el final cuanto antes, saber para quedarme tranquilo o para odiar aún más este puto mundo. 

Y seguí leyendo con esa desazón que a veces impide disfrutar de la prosa y del estilo, e incluso de las ideas del autor. Procuré tranquilizarme pensando que aquello tenía que acabar bien porque estaba escrito en primera persona y nadie capaz de escribir aquello de una forma tan magistral podía haber sufrido lo peor de la vida, como yo pensaba que sucedería. Luego me acorde de Edward Bunker y volví a sufrir. Porque Edward Bunker fue un escritor magnífico con una mente privilegiada que estuvo en el corredor de la muerte veinte años, después de cometer varios delitos incluso antes de ser mayor de edad. Su infancia podría haber sido incluso mejor que la de estos dos desgraciados que protagonizan Canadá. Pero tenía que sosegar mi imaginación, mi incertidumbre y mi ansiedad porque el libro merecía ser leído con cierta calma y con mucha atención. Me recordaba mucho al modo de ver la vida de McCarthy, con ese realismo hiriente y brutal. Nada que ver la forma de escribir de uno y otro, pero sí la atención por los detalles y el conocimiento profundo del ser humano. Por momentos, a medida que la historia caminaba, se me iba encogiendo el corazón. Podía ponerme en la piel del chaval que es recogido y llevado a Canadá, de la madre que medio enloquece en prisión, del bobo del padre que provoca todo el caos y, como no, de la chica que vaga por su cuenta a otro lugar y que desaparece de la historia al poco de empezar. 

A veces, entre párrafo y párrafo, tenía que coger aire para llenar los pulmones de algo limpio, como haciendo, a la vez, un ejercicio para sacar la tremenda descripción de la basura que es este mundo y que estaba leyendo. Sin tregua y con una descripción milimétrica de todas las cosas la historia discurre de forma dramática e híperrealista. No podía evitar seguir sobrecogido por ese final, por el deseo de saber de una vez como acababa aquello. Pero, a la vez, leer este libro me estaba haciendo disfrutar de un talento que me alegro de haber descubierto. Como casi siempre, después de leer algo tan bueno, me informo un poco más del autor y de sus obras. Es fácil ver que este hombre es uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Una maravilla disfrutar de como mantiene una historia terrible con una elegancia impropia. Como nunca cae en la tentación del sensacionalismo y de la pena fácil. Al contrario, a veces resulta difícil leer algo tan denso, pues hay momentos en los que pasan las páginas apenas leyendo descripciones pormenorizadas de objetos, lugares, personas y la historia avanza poco. 

Acabé el libro y di gracias por haberlo leído y por poder disfrutar de una lectura así. Hoy se un poco más como es el ser humano que ayer, o que antes de empezar Canadá. No tengo que decir que lo recomiendo y que casi creo que es imprescindible leerlo. 

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